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Desde las cenizas de la Primavera Árabe

Gilbert Achcar

Traducción: César Ayala

Esta semana se cumplieron quince años del derrocamiento del dictador tunecino Ben Ali, uno de los puntos culminantes de la Primavera Árabe. Los acontecimientos de 2011 dieron lugar a una impresionante oleada de revoluciones. Casi todas fueron reprimidas sangrientamente.

En Oriente Medio y el norte de África, la situación era muy diferente, y sigue siéndolo. Allí, las clases dirigentes son propietarias —a veces incluso del propio Estado— y se oponen ferozmente al cambio político radical necesario para desbloquear el desarrollo económico y satisfacer las aspiraciones sociales de la población, un cambio muy contrario a los intereses del imperialismo occidental en la región.

Sin embargo, la dificultad del cambio tuvo como consecuencia un prolongado estancamiento histórico, ya que la crisis estructural seguía sin resolverse: la crisis socioeconómica no dejó de agravarse y el contexto político de deteriorarse. Este deterioro se ha manifestado en una serie de guerras civiles —Siria, Libia, Yemen y ahora Sudán— que contribuyen a la desmoralización y la desmovilización de las poblaciones regionales. Pero la estabilidad del antiguo orden no puede restablecerse: el estancamiento estructural alimenta necesariamente tensiones sociales que, tarde o temprano, se traducen en explosiones políticas. Un «proceso revolucionario a largo plazo» puede durar varias décadas y, si se enfrenta a un bloqueo continuo, puede provocar un colapso civilizatorio generalizado en la región afectada. Las dos alternativas son, por tanto, la revolución social y la barbarie.

Norte de África ostenta desde hace décadas la tasa más alta de desempleo juvenil del mundo. Es la desesperanza de los jóvenes, en particular, la que impulsa los levantamientos regionales.

JB

Si bien las causas que provocaron esta cadena de levantamientos populares siguen presentes, ¿qué razones permiten comprender el actual retroceso de las movilizaciones sociales en la mayoría de los países? ¿Se debe a los efectos a largo plazo de la represión? ¿Al agotamiento de los sectores que estuvieron al frente de estas luchas? ¿A la ausencia de direcciones políticas que ofrezcan una perspectiva de ruptura con el capitalismo neoliberal mafioso y/o con el islamismo reaccionario?

imponiéndose como consecuencia de una combinación explosiva de frustraciones: socioeconómicas y políticas a escala de cada país, y políticas y sentimentales a escala regional.

JB

¿No plantea un problema cada vez mayor para Estados Unidos la aparición de subimperialismos de Oriente Medio cada vez más poderosos y agresivos desde el punto de vista militar y financiero, como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e Israel, dispuestos a perseguir sus intereses por todos los medios? Pienso, en particular, en la fiebre bélica de Israel hacia varios de sus vecinos, hasta el punto de bombardear Qatar, pero también en la rivalidad entre emiratíes y saudíes en Sudán.

Las rivalidades entre los vasallos del imperialismo benefician al imperialismo en la medida en que aumentan la dependencia de cada Estado vasallo hacia el soberano, en este caso Estados Unidos. Washington se cuida mucho de tomar partido en este tipo de rivalidades, sino que ejerce más bien un papel moderador y actúa cuando es necesario para reconciliar a sus clientes. Así, la primera administración Trump (2017-2020) dio luz verde al boicot de los emiratíes y saudíes a los qataríes, al tiempo que mantenía sus relaciones con el emirato de Qatar, sede de la principal base militar estadounidense en esa parte del mundo. El boicot terminó al final del primer mandato de Trump. Durante su segundo mandato, este cambió radicalmente su política hacia los qataríes, que literalmente lo sobornaron, un arte en el que los qataríes destacan.

El caso de Netanyahu es diferente: puede que haya desacuerdos menores entre Trump y él, pero ambos se cuidan de no darles importancia. Netanyahu es un maestro en el arte de apaciguar a Trump. Deja hacer lo que es necesario, como en el caso del llamado «plan de paz», del que Netanyahu está convencido de que no llegará muy lejos y que, inevitablemente, se estancará a corto o medio plazo. En cuanto a la «fiebre bélica» de Israel, no solo ha sido aprobada por Washington, sino que Estados Unidos ha contribuido directamente a ella, aún más directamente bajo Trump, que ordenó a sus fuerzas armadas contribuir al bombardeo de Irán. Dados los intereses personales y familiares que ahora tiene con los qataríes, Trump no podía sino distanciarse del intento israelí de asesinar a los líderes de Hamás en Qatar. Pero lo hizo de forma muy débil y actuó inmediatamente para reconciliar a sus dos aliados.

Las monarquías petroleras del Golfo, las monarquías jordana y marroquí, Egipto e Israel son componentes de un complejo regional estrechamente vinculado a Estados Unidos. Todos estos Estados dependen de Washington de una forma u otra, y sus funciones son complementarias más que antitéticas. Su complementariedad quedó patente durante el genocidio perpetrado por Israel en Gaza.

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* IRÁN*

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