La meditación…
La meditación no es un rito exótico, sino una reeducación de la atención. La respiración, antes automática, se vuelve un umbral: al observarla, el yo descubre que nunca fue dueño del aire, sólo huésped pasajero. El cerebro, moldeable y vigilante, aprende a no confundir ruido con pensamiento ni velocidad con lucidez. Allí donde la ciencia registra sinapsis e índices de inflamación, las tradiciones hablan de prana, vacío fértil o compasión. Son lenguajes distintos para la misma plasticidad secreta. Practicar es entonces un acto filosófico: elegir, una y otra vez, qué tipo de mente queremos cultivar y, por tanto, qué clase de mundo estamos dispuestos a habitar.





